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El Astronauta Perdido

infinityarchive
18 mar
3 min de lectura

El Mayor Tom flotaba en el vientre de la noche, “El Nautilio,” un caparazón suspendido en un océano de obsidiana que buscaba su latido era su navío. Desde la escotilla no había estrellas, solo heridas de luz que titilaban como secretos a medio pronunciar. El espacio no era renegrido, sino un lienzo arrasado donde los colores se habían desfragmentado, dejando solo el recuerdo de algún destello llamado hogar.


Tom había dejado la Tierra como quien se arranca una piel vieja de tajo. En la distancia, las notas de una Odisea Espacial parecían surgir de algún rincón ignoto en su memoria, una resonancia que no era suya, pero que lo habitaba inundado cada rincón. Se preguntó si el vacío era una respuesta o un espejismo: ¿un refugio, acaso?


La nave se replegaba y se expandía paso a paso. Era una criatura viva, un laberinto que mutaba con sus pensamientos, con el aire que llenaba su cuerpo y se perdía en los arterias metálicas de su nave. Pasillos que se bifurcaban en senderos extraños; puertas que, al abrirse, se desvanecían, dejando detrás habitaciones donde las leyes físicas parecían haber sido olvidadas.


Decidió entrar en uno de esos espacios y encontró su propia imagen, pero no en un espejo: vio su rostro desdibujado en la superficie de un río de mercurio, que se extendía hasta el horizonte. El líquido temblaba, y con cada ondulación le devolvía un rostro distinto, uno que conocía y otro que había rechazado. El río le habló con voz suya:


-¿Qué buscabas aquí? ¿La eternidad? ¿El destierro? ¿La muerte?


Calló, porque su propia voz era una pregunta que no podía responder.


En otra sala, las paredes exhalaban un resplandor. Eran constelaciones talladas en su mente, mapas que se deshacían en un juego infinito de luz y sombras. Allí vio planetas que no existían más allá del Nautilio, mundos que no giraban alrededor de estrellas, sino alrededor de sus temores.


Uno de esos colosos era un desierto cubierto de ceniza, donde torres de cristal se desplomaban cuando el susurro del viento apenas nacía en murmullos. Era el eco de los días en que la gloria lo había vuelto vidrio y luego polvo, una reflexión muda sobre las ruinas que él mismo había sembrado, como un Ozymandias en el negro desierto de sí mismo. Otro planeta era un circo de espejos, un laberinto de luz y neones donde todas las formas se rompían antes de completarse. Allí entendió que la arrogancia era una lámpara que devoraba su propia luz.


Pero el último planeta lo dejó inmóvil. Una esfera blanca, infinita en su silencio, sin formas ni nombres, ni noche, ni estrellas. No había rastro de memoria o futuro, ni signo de vida. Y, sin embargo, contenía todo aquello que nunca será.


-¿Eres la verdad?- preguntó. Pero las palabras se disolvieron antes de tocar la superficie.


La nave giraba, o tal vez era él quien comenzaba a orbitarse. En sus rotaciones hilaba fragmentos de su vida con constelaciones imaginarias, como esas líneas invisibles que trazan figuras que solo existen un instante, al igual que las que marcan la ruta entre los latidos humanos o las muescas de las manos. No eran mensajes, sino gestos extraviados, como si los astros no quisieran ser comprendidos.


Y entonces cayó.


El vacío del Nautilio se fragmentó como en un espejo roto. Cuando Tom abrió los ojos, se encontró rodeado de un océano de rostros, cada uno iluminado por un fuego que no era de este mundo. Desde todas las direcciones, las voces comenzaron a alzarse:


“¡Bowie! ¡Bowie! ¡Bowie! ¡Bowie! ¡Bowie! ¡Bowie! ¡Bowie! ¡Bowie! ¡Bowie! ¡Bowie!”


Era un grito al unísono, casi una súplica reverberante. Tom sintió cómo el peso de ese nombre lo atravesaba, un eco de luz que se desdoblaba en el tiempo y el espacio, transformando cada estrella oscura de su memoria en un reflejo suyo.


Una epifanía lo desbordaba: El Major Tom no era un hombre perdido, sino el guía de todos los que alguna vez lo estuvieron o estarán.


Cerró los ojos un instante, respiró hondo, y al abrirlos, dejó que la primera frase cruzara sus labios:


“Ground control to Major Tom…”


Entonces la oscuridad se iluminó y todo lo perdido se reveló en un acorde.

 
 
 

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