EL POEMA MÁS TRISTE DEL MUNDO
A Ozair Tavera Fragoso
I
Hicimos un pacto,
uno de esos que se dicen
siempre tarde,
con una botella abierta
y la muerte sentada en la mesa.
Si uno de los dos
terminaba lleno de tubos,
el otro iba a llevar cianuro.
Sin aviso.
Sin remordimiento.
Con la lealtad de los perros heridos.
Él se reía cuando lo decía.
Tenía esa risa gastadade
quien ya lo entendió todo
y ya no quiere entender nada más.
Decía que la vida era una broma larga,
un trabajo sin salario,
una habitación sin salida.
Y el cuerpo, su cárcel favorita.
Durante años dejó crecer el tumor.
Lo trataba como a un huésped.
Le hablaba con ternura,
como si la enfermedad
fuera su último proyecto artístico,
su máximo performance.
Nunca vio el sentido en atenderse,
que para qué tanto esfuerzo
si el mundo igual
te escupe en la cara al final.
Cuando por fin entró al hospital
ya era casi un dibujo a lápiz.
La piel adherida al hueso,
el olor metálico del fin en la habitación.
Me suplicó que cumpliera el pacto.
Que lo ayudara a irse.
Que le diera un dulce fin.
Yo llevaba el frasco.
Mi corazón era una daga.
No pude hacerlo.
No porque creyera en la vida,
sino porque el miedo me hizo humano.
Y el Estado, con sus leyes de tortura legal,
me habría hecho su criminal perfecto.
Ojalá la misericordia existiera fuera de los libros.
Ojalá dejar morir no fuera delito.
Ojalá el dolor no contara como prueba de amor.
Él había soñado durante años con entrar a la Esmeralda.
Vivía de rechazado en rechazado,
dibujaba en servilletas,
pintaba en cuadernos que no podía pagar.
Y justo cuando lo logró,
cuando al fin lo aceptaron,
el cáncer ya estaba escribiendo su nombre en otra lista.
Solo entró para morir.
Para que el arte le abriera la puerta
y lo dejara caer dentro.
Toda esa gloria humana reducida a nada.
Toda esa ternura deshecha.
El cuerpo convertido en un boceto inacabado.
El sistema mirando a otro lado,
como siempre mira el arte cuando huele a pobreza.
Yo me quedé con el frasco.
Lo guardé en una caja junto a sus dibujos.
A veces lo miro,
como si adentro siguiera temblando su respiración.
Es fácil hablar de dignidad
cuando no te la arrancan de los huesos.
Es fácil creer en la vida
cuando la muerte todavía no te llama por tu nombre.
Yo sigo aquí,
tratando de escribir el poema más triste del mundo,
ese que empieza con un pacto
y termina con un silencio en el insomnio.
II
Quemaron todo.
Sus esculturas ardieron como huesos.
Su ropa se volvió humo en el patio.
Su historia fue barrida con escobas de silencio.
Su madre guardó la vista en el piso.
Su padre cerró la puerta.
Prefirieron que el crimen se oxidara en secreto.
Prefirieron que su nombre se extinguiera.
Me quedan dos piezas suyas.
Unas fotos manchadas de polvo.
Fragmentos de alguien que ya no existe.
Restos de un incendio intencional.
Recuerdo su confesión en aquella fiesta.
Cerveza, LSD, música rota.
Sus palabras me cayeron en las manos como vidrio.
Un tío abusaba de él y de su abuela.
La señora ya casi ciega.Él apenas un niño.
Todos lo sabían.
Nadie lo detuvo.
Pienso en su cuerpo en la cama.
La piel estirada sobre un esqueleto.
Los ojos sin aire.
La boca suplicando dignidad.
El frasco en mi bolsillo.
Mi miedo convertido prisión.
Lo dejaron morir rodeado de tubos,
como si el dolor fuera obligatorio,
como si el silencio se heredara.
Lo dejaron irse sin rostro,
sin obra,
sin justicia.
Entonces,
escribo este poema para que exista.
Para que el fuego no termine el trabajo.
Para que el arte que quiso hacer no desaparezca.
Para que no puedan borrar su rostro.
Amigo mío,
para que al menos tu sombra
siga respirando aquí,
con el corazón roto.


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