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EL POEMA MÁS TRISTE DEL MUNDO
A Ozair Tavera Fragoso I Hicimos un pacto, uno de esos que se dicen siempre tarde, con una botella abierta y la muerte sentada en la mesa. Si uno de los dos terminaba lleno de tubos, el otro iba a llevar cianuro. Sin aviso. Sin remordimiento. Con la lealtad de los perros heridos. Él se reía cuando lo decía. Tenía esa risa gastadade quien ya lo entendió todo y ya no quiere entender nada más. Decía que la vida era una broma larga, un trabajo sin salario, una habitación sin sali


De pelos
Hay algo profundamente sintomático en la reacción colectiva de asco ante el vello corporal femenino. Este asco se expresa con una tranquilidad que se acerca a lo moral, una certeza que se presenta no como un gusto subjetivo sino como una verdad objetiva. Pareciera que no se trata de una emoción pacientemente aprendida y pulida a lo largo de siglos de convención visual, sino de un hecho biológico incuestionable, una ley natural de la atracción. El vello en las axilas, en el pu


Soy el silencio
Soy el silencio denso del espectador. La revelación nunca llega con la pirotecnia del cine, sino con el impacto de una frase mal calculada. Un decreto nacido de esa soberbia que escondes frente al espejo y que regresa con el filo oxidado de un boomerang. No hay acordes de tensión. Solo un silencio denso y el goteo de una sospecha cruenta: el incendio que juraste combatir lo provocaste tú mismo. En el fondo, una peonza que no termina de caer gira sobre una mesa de mármol. Llev
El Astronauta Perdido
El Mayor Tom flotaba en el vientre de la noche, “El Nautilio,” un caparazón suspendido en un océano de obsidiana que buscaba su latido era su navío. Desde la escotilla no había estrellas, solo heridas de luz que titilaban como secretos a medio pronunciar. El espacio no era renegrido, sino un lienzo arrasado donde los colores se habían desfragmentado, dejando solo el recuerdo de algún destello llamado hogar. Tom había dejado la Tierra como quien se arranca una piel vieja de ta
Paradoja
“¿Me contradigo a mí mismo? Muy bien, entonces me contradigo a mí mismo, (Soy vasto, contengo multitudes).” —Walt Whitman I. El fruto oscuro La noche se asoma al abismo, y en su hondura descubre su fruto, Vacilante en la cúspide de sus espinas, como enredada en un salto de fe que acaricia, áspera, la duda; consternada entre tejidos por una penumbra que la devora sin fin, consciente, acaso, de su casi nada, como de la lúcida sapiencia en su ignominia, se arroja a su fe deliran
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