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Paradoja

  • infinityarchive
  • 8 mar
  • 2 Min. de lectura

“¿Me contradigo a mí mismo?

Muy bien, entonces me contradigo a mí mismo,

(Soy vasto, contengo multitudes).”

—Walt Whitman


I. El fruto oscuro


La noche se asoma al abismo,

y en su hondura descubre su fruto,

Vacilante en la cúspide de sus espinas,

como enredada en un salto de fe

que acaricia, áspera, la duda;

consternada entre tejidos

por una penumbra que la devora sin fin,

consciente, acaso, de su casi nada,

como de la lúcida sapiencia en su ignominia,

se arroja a su fe delirante

en busca de un significado más profundo

que su triste finitud, abrazada por eones,

a la que va, sin querer, a su encuentro,

tiernamente.


Oh, humanidad, columna incendiaria,

que alumbra su propio naufragio,

deforme silueta que todo lo nombra

en su afán de brillantez calcinante,

salvo la poesía y la conciencia;

acaso naves ya quemadas por el ocaso,

como una larga sombra

que no necesita explicaciones

ni amargo consuelo.


Oh, caída letal, oh terrible paradoja,

que en sus altos vuelos condena,

en clara necedad, el alcanzar aquello divino;

encallada en ciego fervor por besar el paraíso

que ella misma destruye.


Húmeda caverna que todo lo refleja,

replicante de su calabozo,

con sus manos grabadas en el viento,

de sangre y mineral recostada en loas

que obedecen a un pulso incognoscible,

implacablemente agónica,

como una flama entre las manos

que termina por seducir

vacilante a su sombra.


Allí yace la criatura,

entre columnas deshechas

y muros de silencio

con los ojos encostrados en la flama

ante la petrificación del tiempo,

mientras un aliento extraño le circunda

como la transparencia de un dios

inasible

en su infinito luto.


Sin clemencia ya, sin en ese brillo,

ni promesa en cenizas acumulada.

Solo un peso inexorable

que pronuncia su sentencia de silencios,

un eje quebrado que insiste en sostener

una vastedad inhabitable.


Allí se erige en su fracaso,

con la frente resquebrajada por relámpagos,

con la piel inscrita en dorados jeroglíficos,

con la memoria hundida en un océano

que nunca aprendió a nombrar la salvación

pero la llama:


Flor, semilla, nube.

Flor, semilla, nube.

Flor, semilla, nube.


Un relámpago de júbilo que se abre,

una fluorescencia de innombrable dolor,

que se ríe de sí mismo,

un éxtasis que se muerde en la tiniebla

como un mar de serpientes,

en medio de una soledad incendiada,

un aullido inasible que se desploma

ante su propia eternidad.


—Agosto D. Lombardo, Paradoja

 
 
 

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